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En mi pueblo, a un fardo de paja siempre se le llamó alpaca

Cuando el pasado martes publicábamos el artículo titulado “Arden más de 300 alpacas en Aldeamayor de San Martín” a alguno que viene poco por estas tierras, ya no sólo por Aldeamayor, sino por muchos de los pueblos de nuestra rica comarca le rechinó el término alpaca usado en ese contexto.

Juan J. Vilallba Pinilla

Debió pensar que lo que se habían quemado eran, o bien 300 mamíferos rumiantes de la misma familia que la llama, propia de América Meridional y muy apreciado por su pelo, que se emplea en la industria textil, o 300 paños hechos con el pelo de este rumiante.  Los anteriores son dos de las tres acepciones que para el vocablo alpaca señala la RAE. Los más instruidos en el manejo del léxico hubieran pensado también en un metal blanco, tercero de los significados del dichoso término, pero seguro que ésos fueron menos aunque no me cabe duda que ese malpensado ilustrado estaría entre ellos. Seguro que lo correcto hubiera sido usar los sustantivos paca, paquete o incluso fardo para nominar lo que había ardido pero creímos que es imposible que a alguien que haya echado los dientes por estos lares le pudiera extrañar el término alpaca. Además de nuestras tradiciones, monumentos, parajes naturales, etc. nuestra comarca, al igual que infinidad de comarcas a lo largo y ancho de la geografía nacional, posee un importante patrimonio relacionado con la lengua que se ha ido formando y acuñando a base de una trasmisión oral. Muy probablemente haya sido esta transmisión oral la que ha ido modificando la denominación original de las cosas hasta generar lo que en el estudio de la lengua se denominan localismo -vocablo o locución que sólo tiene uso en un área restringida- o vulgarismo -dicho o frase especialmente usada por el vulgo-. Para bien o para mal esos nuevos términos han perdurado a lo largo de las décadas y han llegado hasta nuestros días formando parte del lenguaje cotidiano. Así por ejemplo, lo que para un catalán es un rubellón, y para el común de los españoles es un mízcalo o níscalo, para uno de Aldeamayor, La Pedraja, Portillo o San Miguel del Arroyo, ha sido siempre y será un nícalo. Es de esperar que guisado con patatas el nícalo esté igual de sabroso que el níscalo. Puede que cuando uno de Madrid, de Las Palmas o de Zaragoza tiene cierta aspereza de la garganta, que le obliga a desembarazarla tosiendo, diga que anda con carraspera.  Los de por aquí, cuanto padecemos idénticos síntomas, es que tenemos garraspera. Si alguien de Cádiz viniera a conocer alguno de nuestros pueblos allá por noviembre, pisará un suelo cubierto de tamujas cuando los pinariegos pisamos uno cubierto de zambujas. Y además, a un buen haz de esas tamujas lo llamaría borrajo cuando nosotros siempre lo hemos llamado burrajo y hasta y hemos enrojado la gloria con ello que aunque estrictamente el término gloria significa hornillo dispuesto para calentarse y para cocer las ollas. Los de Tierra de Pinares llamamos así a esa serie de galerías que recorren, bajo el suelo de la casa, las principales dependencias, generalmente el cuarto de estar. Pero por eso no somos más burros y además visto lo anterior, fuimos los precursores del suelo radiante. Además, pudiera ocurrir que cuando ese sujeto de Cádiz, tras batir de cabo a rabo algún pinar y recoger arrobas, que no @s, de nícalos, volviéra a algún pueblo de los de estos predios, estuvieran de matanza en alguna casa. Se podría dar la circunstancia, pues los de Tierra de Pinares somos gente hospitalaria, que en esa casa le invitaran a un plato de lo que la RAE denomina chichurro y en ese pueblo, desde tiempos inmemoriales, se llamó calducho. A diferencia de lo que la RAE dice del calducho –caldo de poca sustancia- el de Cádiz se deleitaría con un plato contundente para nada falto de sustancia.

Eso sí, que no se piense este ilustre visitante que a pesar de tan “garrafal” uso del castellano nos colocamos la boina a rosca, seguimos yendo a por agua a las fuentes y damos de beber al ganado en pilones en medio de la plaza.  El agua corriente hace mucho que llegó a las casas y además, antes de que en muchos de nuestros pueblos desaparecieran, los pilones se usaban para actividades más lúdicas y recreativas como la de tirar en él a aquel que se pasaba de listo y que generalmente era de fuera, es decir, forastero. Sabemos que la leche que bebemos sale de una parte de las vacas, cabras u ovejas que se llama ubre y no directamente del tetra brick e incluso sabemos cuándo la oveja tiene más lana. Quizás alguno de los que les choca –de causar extrañeza- que llamemos alpacas a las pacas de paja, son tan pijos que beben leche de alpaca –de la que rumia- o se bañan en ella como hacía Cleopatra en la de burra. Lo que no creo que hagan es orinarse las manos para que no se les agriete como muestra el Azarías de Delibes, fiel reflejo de lo que han hecho nuestros padres y abuelos durante años. Esparcirse por las manos crema con urea tiene mucho más glamour que sacar el pito y regarse las extremidades superiores.

Querido amigo ilustrado que te extrañas de que usemos la palabra alpaca donde deberíamos escribir paca, paquete o fardo. Sin entrar a valorar tus capacidades y conocimientos, que seguro que rozan sino el infinito, seguro que tienden a él, te diremos, utilizando algo tan del vulgo -pueblo- como un refrán que “donde fueres, haz lo que vieres” o “que más sabe el tonto en su casa que el listo en la ajena”. Disfruta del día.

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