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Del Corral de la Horca, las Eras del Capador y otros espacios lúdico –recreativos de un niño de los 80

Hace unos meses, un curioso anuncio apareció en la televisión. Se trataba de un spot en el que para promocionar una bebida, un niño abría un regalo y para su deleite, lo que la caja contenía no era otra cosa que un palo.

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El chaval en cuestión, cual poseso, gritaba repetidamente “un palo, un palo” como si ese trozo de madera fuera el mejor juguete del mundo. En esta época en la que nos ha tocado vivir, ese anuncio venía a reivindicar lo sencillo, lo tradicional o lo de toda la vida y con lo que muchos de los que ya peinamos canas hemos jugado, frente a la cantidad de engendros mecánicos o electrónicos que copan las estanterías, armarios y cajones de la habitación de cualquier niño en la actualidad.

Al igual que en el caso de los juguetes, podríamos extender el caso a otros aspectos de la cotidianeidad. Así por ejemplo, los niños y jóvenes de hoy en día tienen a su disposición parques, instalaciones culturales, deportivas o de recreo que en muchas ocasiones ni siquiera se aprecian o a las que muchas veces se las saca peros, taras o que simplemente para algunos parecen insuficientes. Cualquier progreso y mejora de las condiciones sociales de una comunidad es positivo; eso nadie lo duda. Pero en muchas ocasiones se corre el riesgo de llegar a un punto en el que la cantidad de recursos con los que contamos haga que ni siquiera lo valoremos y nos quejemos de que uno de los elementos de un parque infantil, por insignificante que sea, está roto o la arena está sucia por el simple hecho de que hay alguna hoja en otoño. En el caso de Aldeamayor, que es del que yo puedo hablar porque es el que más conozco, un niño de los de mi generación nunca tuvo a su disposición un parque con balancines, toboganes y columpios como los que hay ahora. Lo único que se le parecía era una estructura metálica en forma de media luna tumbada que estaba en la Plaza de la Iglesia. Ese era el único parque de Aldeamayor y nunca nos quejamos. En vez de un cómodo polideportivo cubierto, teníamos como cancha polideportiva las Eras del Capador, paraje sito detrás de la Urbanización de los Invernaderos para los que no estén familiarizados con el término. Lo único de lo que no disponíamos era de canastas para jugar al baloncesto, pero que grandes ligas de fútbol y de beisbol hemos echado allí y qué porterías montábamos con dos piedras o con dos chaquetas de chándal. Como Espacio Joven, nosotros teníamos el Corral de la Horca, parcela situada en la calle Jorge Guillén –la de salida hacia La Pedraja de toda la vida, y anteriormente bautizada como Camino Hondo- donde  desarrollábamos las más variopintas actividades con la centésima parte de medios de los infantes actuales tienen ahora a su disposición. Aunque quizás tuviéramos el mayor y más importante de los mimbres que se necesita para elaborar un buen cesto: la imaginación. Imaginación para por ejemplo, usar una vieja galera ubicada en la parcela donde ahora reposa la casa de Celso Sanz y Gloria Santos, la casa azul de la Plaza del Soltadero, como tobogán utilizando como rampa uno de los tableros de la caja. Lástima que uno de los que allí estábamos tuviera la mala suerte de clavarse una buena astilla de madera por uno de los glúteos o posaderas con lo que, ante el riesgo, dimos por amortizada aquella atracción. Incluso me viene a la memoria alguna  excursión clandestina que hacíamos siendo muy niños, sin permiso de los padres, a lugares que hoy son parte del entramado urbano de Aldeamayor pero que hace tres décadas nos parecían el Finisterre aldeamayorense: La Punta de los Árboles, más o menos por donde ahora está el nuevo cementerio y los bodones de al lado de la carretera Segovia, aproximadamente en la zona de la Lanchuela. A la primera, solíamos acercarnos a rebuscar en un vertedero que allí se encontraba y raro era el día que no volvíamos a casa llenos de mierda  hasta las narices–ustedes perdonen la expresión queridos lectores- y a la segunda íbamos a pescar ranas o renacuajos las más veces, pues los más viejos del lugar recordarán como se ponía de agua aquella zona en época de lluvias y aun no habiéndolas. Y por último, y en este repaso a las zonas lúdicas de nuestra infancia, no puedo por menos de traer a estas líneas uno de los más maravillosos recursos con los que contábamos los de aquellos años: nuestro tan nombrado Bucianco. Antes de que se desviara, y cuando su cauce pasaba justo por delante de la tierra donde se edificó la urbanización de Los Invernaderos, o Las 83, el arroyo Bucianco nos sirvió para actividades tan diferentes como carreras de barcos hechos con roña cuando el agua discurría cristalina en su estado natual o para patinar cuando las heladas de invierno cambiaba de líquido a sólido el estado de esa misma agua. ¡Qué poco teníamos y cómo disfrutábamos! No quiero extenderme más porque me pondría a escribir sobre los juegos de moda de aquella década como “Churro, media manga o manga entera”, “Bote, bote” o “Cierravista” y seguro que ustedes tienen cosas más interesantes que leer que estas paranoias de un trasnochado causi cuarentón. De eso, escribimos otro día.

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