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La filípica del domingo: Ídolos y tontos

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  • Hemos construido un mundo en el que tenemos como ídolos a quienes, como en el caso de Messi, tienen como único talento, o al menos el único conocido, dar patadas a un balón

Juan J. Villalba P.

Entre las decenas de noticias que genera el tema de moda referidas a contagios, vacunas, etc., este 31 de enero, Día del Señor, amanece con la exclusiva del diario El Mundo acerca del faraónico contrato que el futbolista argentino Lionel Messi habría firmado con el F.C. Barcelona por el que cobraría más de 555 millones de euros en cuatro años.

¿Y por qué el F.C. Barcelona está dispuesto a pagar esa obscena cantidad de dinero? En un análisis rápido lo lógico sería pensar que la razón fundamental es que sus gestores entienden que el retorno que esa inversión supone para las arcas del club será mayor y no sólo por lo que a sus casi 34 años el astro argentino le puede seguir ofreciendo a la entidad a ras de césped sino también por todo lo que comercialmente genera su imagen. Por poner unos ejemplos, la camiseta oficial de la temporada 20-21 del equipo con el nombre de Messi serigrafiado se va a 105 euros; una réplica en miniatura del jugador con la camiseta de la temporada pasada se va a 40 e incluso he visto que por un caganer con su cara y su culo en pompa se pueden pagar hasta 17 euros. Y hay mucha, mucha gente que está dispuesto a pagar todo eso por esos artículos aunque se tuviera que privar de otros quizás más necesarios.

Es el fútbol en particular (y el deporte en general) uno de esos ámbitos de la sociedad que levanta pasiones irracionales y saca lo más tonto de nuestro ser: vemos normal pagar 90 euros por la camiseta de nuestro equipo preferido,  y 105 si lleva el nombre de nuestro ídolo, y sin embargo alzamos la voz si el panadero de nuestro pueblo sube el precio de la barra de pan 5 céntimos o si el ayuntamiento nos sube la tasa de basuras 1 euro al trimestre.

Hemos construido un mundo en el que tenemos como ídolos a quienes, como en el caso de Messi, tienen como único talento, o al menos el único conocido, dar patadas a un balón. Llegamos al extremo, como ocurrió con el difunto Maradora, de crear una iglesia en torno a su figura y eso que hasta la Biblia señalaba en el Libro de Isaías aquello que dice el Todopoderoso de que “Yo soy el primero y el último; fuera de mí no hay otro dios». Somos incapaces de rebelarnos como algo tan injusto que alguien pase hambre pero alzamos la voz si nuestro equipo preferido baja a Segunda División.

Me gustaría pensar que lo que nos está pasando con la irrupción del virus, transformará nuestros valores y conseguirá que nuestros ídolos no sean figuras del deporte o del mundo de la farándula sino, por ejemplo, aquellos investigadores que contrarreloj llevan desde marzo afanándose y dedicando horas en encontrar una vacuna para poder volver a la antigua normalidad y que dudo mucho que tengan un contrato de más de 80.000 euros en cuatro años.

Porque mientras la pandemia ha hecho que muchos pierdan la vida y otros sus vías para dar de comer a sus hijos otros siguen navegando en  yates de 7.500 euros al día durante sus vacaciones.

Si el personaje de Clint Eastwood en ‘El bueno, el feo y el malo’ dijo aquello de que  «El mundo se divide en dos categorías: los que tienen el revólver cargado y los que cavan” cuando con su pistola apuntaba al Feo, empiezo a pensar que en nuestra sociedad el mundo se divide en dos categorías: los ídolos y los tontos que los sustentamos.

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