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¿Por quién doblan las campanas?: Ritos y tradiciones que tienen que ver con los muertos

Aunque a algunos les suene a una canción de Metallica, a otros a una película protagonizada por Gary Cooper e Ingrid Bergman e incluso a alguno a una novela de Hemingway, ¿por quién doblan las campanas? no es más que una pregunta acerca de quién acaba de morir.

Juan J. Villalba Pinilla

En el día de ayer se celebró la festividad del Día de Todos los Santos. Como manda la tradición, los cementerios se llenaron de personas que acudieron a visitar a sus familiares difuntos. La del 1 de noviembre es una festividad de tradición católica instituida en honor a todos los santos, conocidos y desconocidos por el Papa Gregorio IV a mediados del siglo IX, para compensar, según Urbano IX, “cualquier falta a las fiestas de los santos durante el año por parte de los fieles”. Por ello, la mañana del 1 de noviembre alberga siempre una misa mayor en recuerdo de todos esos santos y es por la tarde cuando se suelen celebrar los oficios propios de difuntos. Hace décadas, el sacerdote iba recitando un responso tumba por tumba con lo que había ocasiones en las que la noche se echaba encima de los que acudían a los cementerios a orar a sus muertos. Hoy en día, con un responso en común para todos los que allí descansan es más que suficiente.

 Sin embargo es hoy, 2 de noviembre, cuando el calendario católico honra a todos los difuntos y las misas del día se realizan en su memoria. Quizás sea esta fecha una buena excusa para hacer algo de historia acerca de ritos o tradiciones que están vinculadas a los muertos, muchas de las cuales están perdidas u olvidadas. Y que nadie se escandalice porque la muerte, aunque tema tabú en muchas ocasiones, es tan normal como la vida misma.

El tañido de las campanas

Desde tiempos pretéritos, en los que las vías de comunicación entre personas eran infinitamente menores que las actuales, el tañer de las campanas ha sido uno de los mecanismos básicos utilizados para notificar al pueblo algún suceso. Cuando en nuestros pueblos aún no existían los ayuntamientos como tales lugares de reunión, los vecinos eran convocados a las reuniones de concejo “a son de campana tañida”  congregándose generalmente en el pórtico de la iglesia. Existía, así mismo, la creencia de que cuando había tormentas, el toque repetido de las campanas alejaría las nubes de piedra tan temidas en los campos, al igual que evitar el hielo para salvar las cosechas. Por eso se ha llegado en algunos lugares a dedicar alguna de las campanas a Santa Bárbara.  En un artículo sobre los toques de campana en lo cercana y pinariega localidad segoviana de Vallelado, Ángel Fraile de Pablo señala que “en el año 1754, los mozos se turnaron varias noches para tocar las campanas. Cuartilla y media de vino que se gastó con los mozos, en las tres noches que fueron a tocar a yelo”. El toque de campana ha servido también para anunciar un incendio y movilizar a la población que con arados, palas u otros aperos acudían al lugar de los hechos a intentar frenar  el avance de las llamas. Las campanas también han convocado a asistir a las diferentes ceremonias religiosas y por supuesto, que es lo que nos ocupa, han servido para anunciar el fallecimiento de algún vecino de la localidad.

El toque a clamor, siendo un toque generalmente lento, se ejecuta de diferentes formas dependiendo del lugar. En Aldeamayor de San Martín tradicionalmente se ha hecho con la participación de tres de las cuatro campanas existentes –todas menos la que está encima del reloj- que son tocadas al unísono como inicio y final del toque, dos o tres veces, dependiendo de que el fallecido sea mujer u hombre. Además, los que ronden los cincuenta recordarán que existía un toque especial, diferente al habitual que se ejecutaba con la campana pequeña y la del reloj, cuando el fallecido era un niño.

En Vallelado, según señala Fraile, el toque se hace de manera similar, pero sólo con dos campanas y con significado inverso de los toques inicial y final, es decir, dos toques para hombre y tres para mujer.

El traslado del difunto

Hace décadas, cuando no existían los tanatorios, la vigilia al difunto se realizaba en su domicilio o en el de algún allegado. Se habilitaba el salón o una habitación amplia y allí se colocaba el féretro con los restos del fallecido rodeado de sillas donde desde ese momento a la hora del sepelio se sucedían una interminable retahíla de rosarios, responsos y oraciones en aras de pedir al Altísimo el eterno descanso del desaparecido. Llegado el momento del entierro, y una vez que las campanas anunciaban la hora de la ceremonia, cura y monaguillos acudían en busca del cuerpo del ausente. En el trayecto desde su casa hasta la iglesia, un incesante doblar a campanas acompañaba el cortejo fúnebre. Finalizada la misa y después de que el cura pronunciara los responsos oportunos, los familiares recibían, generalmente a las puertas del tempo, uno tras otro el pésame de todos los asistentes a la misa. Tras este rito, se iniciaba el lento traslado del féretro hasta el camposanto en un silencio sólo roto por el continuo toque de campanas en melodía de clamor que finalizaba una vez que la tierra cubría los restos del fallecido.

Volviendo al caso de Aldeamayor, cuando los entierros aún se celebraba en el antiguo cementerio católico al lado de la Ermita de Compasco, la tradición señalaba que el traslado de los restos desde la iglesia al cementerio debían hacerse siempre por un itinerario alternativo a aquel en el que se encontrara el domicilio del difunto si es que éste se encontraba de camino a él. Es decir, el féretro no pasaba nunca por la casa donde había residido en vida.

Las fotografías de difuntos

Quien haya visto la película “Los Otros” recordará como Nicole Kidman descubre que las tres personas que ejercen de sirvientes en su casa están muertas cuando aparece una vieja foto de una escena funeraria con muertos incluidos. Este tipo de imágenes fueron algo de lo más habitual desde mediados del siglo XIX hasta los años 80 del siglo XX. Fotografiar a los muertos era una parte más del rito funerario. Pero ¿con qué fin?

Hoy en día todo el mundo tiene una cámara de fotos o un móvil que posibilita captar imágenes en cualquier lugar y momento, y subirlas a una red social en tiempo real, pero en aquella época hacerse un retrato estaba sólo al alcance de unos pocos. En la mayoría de los casos ocurría que no había ninguna foto del difunto antes de morir con lo que “se realizaba in extremis para incluirlo en el álbum familiar” como señalan algunos estudiosos de la materia como Virginia de la Cruz Lichet, doctora en Historia del Arte y autora del libro  “El retrato y la muerte”. En el caso de los adultos, además, y según esta autora, podía cumplir la función de  demostrar el fallecimiento “como un documento notarial por temas de herencias o para demostrar los gastos del sepelio, especialmente si los herederos estaban disgregados”.

Si el difunto era un niño o una persona muy joven, la razón de capturar su imagen para la posteridad tenía más que ver con obtener un recuerdo de su existencia. Por ello, estas imágenes tienen una escenografía más blanca y dulcificada que la de los mayores. En algunos casos, incluso, aparecen junto al bebé fallecido sus padres o sus hermanos, como si se tratase de una foto más del álbum familiar. De hecho, a mediados del siglo XIX, cuando comienza la tradición de la fotografía post mortem, es habitual disimular la muerte con una escenografía que les hiciera pasar por vivos: sentados juntos a otros familiares mirando a cámara, como adormilados en un sillón.

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