Pueblos y Comarcas

Martes de Carnaval en Ciudad Rodrigo

  • Mientras algunos prefieren disfrazarse, en alejadas partes de nuestra comunidad el carnaval se vive de otra manera, que es por y para el toro. Ese es el caso de Ciudad Rodrigo, Salamanca

 

 

Diego Miguel Holguín

Mientras algunos prefieren disfrazarse, en alejadas partes de nuestra comunidad el carnaval se vive de otra manera, que es por y para el toro. Ese es el caso de Ciudad Rodrigo, Salamanca, a apenas treinta kilómetros de Portugal, donde estos días se ha vivido un desfile continuo de reses en su famoso Carnaval del Toro.

Llegué algo antes de las nueve de la mañana a su particular plaza de toros de madera, donde los graderíos temporales colonizan la plaza mayor como centro fundamental de la fiesta. Y en las siguientes doce horas casi no salí de allí, porque era difícil ver aquello sin un toro sobre la arena.

La fiesta comenzó con el “toro del aguardiente”, un enorme toro colorado que no paró de moverse por el ruedo, entre un rugido mágico de campanas y la valentía de cortadores y maletillas.

Conforme la mañana avanzaba, los menos madrugadores comenzaron a llenar la plaza para recibir a los seis toros del encierro de Hermanos Sánchez Herrero, que habían recorrido las calles de la localidad.

El miedo se palpaba en el ambiente, tras la trágica cogida mortal de la madrugada del sábado, por lo que hubo llamados al cuidado y la precaución por megafonía, previos al encierro, como si una simple advertencia sonora pudiera restar peligro a un rito tan antiguo e incomprensible como es querer ponerse delante de un toro.

Tras el encierro se celebró una capea en la que salieron cuatro toros, probablemente cinqueños, de un trapío y presentación excepcional, que dieron muy buen juego y permitieron ver cortes y pases emocionantes.

Pero sorpresivamente, antes de empezar hubo una manifestación improvisada por parte de los maletillas donde pedían en una pancarta “respeto y mismo tiempo”, en alusión a los cortadores, un reflejo de la colisión entre tradición y modernidad.

Esto dio lugar a un tácito acuerdo entre ambas partes, en el que los cortadores aprovechaban los comienzos del animal, con más fuerza, y los maletillas los finales, más lentos, para buscar templarlo

Hay que tener mucho valor para dar muletazos a toros de esta envergadura y sin picar y, sin embargo, se vieron, muchos y muy buenos. Es curioso que la mayoría de quienes los dieron, no tenían edad ya de ser novilleros ni de estar buscando una oportunidad.

Ganó el premio “Conrado Abad” a mejor maletilla del Carnaval, Javier Ramírez, de Madrigal de la Vera, que con enorme valor y riesgo intentó recibir a portagayola al tercer toro de la capea, pero este no se lo permitió, por lo que tuvo que pararlo con varios capotazos y, ya sí, darle una emocionante larga cambiada.

Tras parar para comer, a las cuatro y media comenzaba el festival donde se torearían cuatro novillos de Juan Manuel Criado, por los toreros Miguel Ángel Perera, Borja Jiménez, Manuel Diosleguarde y el novillero sin picadores Clovis Germain, ganador de la 70º edición del bolsín taurino de la localidad.

Pero en previsión de una gran afluencia, la gente empezó a ocupar las estrechas localidades de la plaza desde una hora antes, donde los encargados iban distribuyendo a la gente entre los huecos de madera como buenamente podían.

Los toreros llegaron acompañados de la banda de música donde, antes del paseíllo, don Domingo Delgado, como presidente del festejo, les dio algunas indicaciones, recalcando que nada de indultos, que aunque la gente lo pida, en este festejo no se podía.

Se vieron notables faenas a los novillos, aunque no con la emoción de los toros vistos en la capea. Miguel Ángel Perera cortó dos orejas a un excepcional primer toro cuyo juego mereció la vuelta al ruedo en el arrastre. También cortó una oreja Borja Jiménez a un toro más deslucido y cortó dos orejas Manuel Diosleguarde, en una notable faena. Fue muy importante la faena realizada a su eral por Clovis Germain, cuya técnica era visible y destacada, pero que malogró con los aceros, cruz de muchas trayectorias prometedoras en el toreo.

Después del festival, continuó otra capea, con una sucesión casi interminable de toros, toros y más toros, hasta que se hizo de noche. Ya llegaba el final y comenzaron a tocar las campanas como si se anunciase el fin del mundo. En este estruendo, salieron los cabestros acompañando a los toros por última vez para cruzar las calles en el desencierro, llegando así, el broche final al Carnaval del Toro de Ciudad Rodrigo.