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Las puertas misteriosas

“¿Qué las puertas de emergencia están cerradas con candado? No entiendo nada. Es increíble”. Así me respondía un amigo –y no es para menos– cuando le comentaba cómo tenían las puertas de emergencia en un edificio público.

Saúl N. Amado

La verdad que es totalmente comprensible su enfado, un lugar donde posiblemente tengas a alguien conocido –o incluso tú mismo hayas estado allí– no puede tener las vías de escape ante posibles emergencias cerradas y bien cerradas. Es algo que me preocupa, no solo por mí, sino por las más de trescientas personas diarias que suele albergar dicha infraestructura.

Niños de diez años, adolescentes de dieciocho, trabajadores desde los treinta en adelante, personas con carreras, otras al borde la jubilación… suma y sigue. Esa es la clase de personas que hace vida allí, que pasa alrededor de seis horas de su existencia diaria en un lugar donde, ante un posible incendio, las puertas hacia la “libertad” están bien encadenadas.

“Es porque se va la calefacción; por eso están cerradas. Ante una posible emergencia, el encargado se apresurará a abrirlas”. Menudo argumento de peso que espolvorean a los cuatro valientes que se atreven a condenar dicha situación. Reitero la expresión de mi amigo: “no entiendo nada. Es increíble”.

Lo que parece completamente sorprendente –incluso mágico– es que cuando ese edificio cuenta con la visita de un inspector… ¡Chan chan!; las puertas –misteriosamente­– están abiertas de par en par. ¿Quién dijo cadenas? ¿Quién dijo candados? Nada de nada. Puertas de emergencia en toda regla. En fin… ver para creer.

Por suerte, yo no tengo que volver a pasar seis  horas diarias ahí metido; ni seis, ni dos, ni una milésima. Pero me da pena por los que vienen detrás porque no es oro todo lo que reluce, en todo caso polvo.

Sí. Ese edificio es un instituto público.

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