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Aquel miércoles en que nos confinaron hace 33 años

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  • Si bien no fue por nada parecido a lo que hoy nos afecta, ni durante el tiempo que llevamos, los vecinos de Aldeamayor vivimos nuestro particular confinamiento el día en que un guardia civil murió asesinado en el pueblo el 16 de septiembre de 1987

Juan J. Villalba Pinilla

No tiene ni punto de comparación a la situación que vivimos actualmente, pero fue hace décadas, allá por los años 80, la primera vez que viví un confinamiento domiciliario o algo parecido. Fue un 16 de septiembre de 1987, era miércoles y  a primera hora de la mañana asesinaron a un guardia civil en mi Aldeamayor de San Martín.

El que escribe comenzaba su andadura en 7º de EGB. Era el primer día de clase y el primer día que todos los alumnos del colegio del pueblo, en aquellos días denominado Agrupación Escolar Mixta, compartían un mismo edificio tras la diáspora de las décadas anteriores entre Escuelas Viejas –hoy Casa de Cultura ‘Adolfo Suárez-, las ‘Escuelillas’ –hoy un híbrido entre el Museo de la Escuela de Antaño y la consulta de pediatría- y la antigua biblioteca –sita en el antiguo Ayuntamiento-. En los últimos meses del curso anterior el entonces ministro de Justicia, Fernando Ledesma, y el entonces alcalde del pueblo, Bernardo Sanz Manso, habían inaugurado las nuevas instalaciones, que comprendían la parte más vetusta del actual CEIP Miguel Delibes pero, de momento, únicamente fuimos para allá los alumnos de 6º, 7º y 8º.

Me confirma Javi, el del Bar JAOS, compañero de clase durante toda la EGB, pues esta parte la tengo algo más borrosa, que los disparos que oímos y confundimos con los de algún cazador del pueblo intentando cobrarse una presa se produjeron mientras estábamos esperando a entrar a las aulas.

En lo que coincidimos Javi y yo es que minutos después, justo en el momento en el que nos afanábamos en trascribir en nuestros cuadernos el horario del curso que había estampado en la pizarra Doña Juliana Velasco, encargada, junto a Don Francisco de la Rosa de la Llana, de velar por nuestra educación en aquel curso, vimos por una de las puertas exteriores del aula, una de los tres que se orientaban hacia la calle Escuelas, a dos hombres de paisano con armas y chalecos antibalas. A mí incluso me viene a parecer que uno de ellos era algo orondo y con bigote, pero eso lo dejaremos en suspenso.

La razón de que aquellas figuras asomaran por las puertas del colegio se resume en lo que el diario el País relató dos días después en su edición impresa:

“La historia comenzó a las 1.30 de la madrugada del miércoles en las inmediaciones de Valladolid. Los hermanos Garfia, -Carlos y Juan José- acompañados de una joven, María Begoña Álvarez Baes, novia de uno de ellos, circulaban en un SEAT 600 robado. Los dos hermanos iban armados con una escopeta de postas de cañones recortados. El vehículo se detuvo y en ese momento se acercó un coche Z de la Policía Municipal. Sin mediar palabra Juan José Garfia disparó a bocarrajo a través de la ventanilla del Z contra el conductor, Daniel Prieto Díaz, y el acompañante Miguel Ángel Mongil, ambos policías municipales de Valladolid. Al primero al parecer le remató más tarde con su pistola reglamentaria.

Cuando se producían estos hechos, un tercer coche se acercó al punto de la tragedia. Era un Citroen GS, conducido por Jesús Ignacio Martín Montero, de 44 años. Juan José Garfia, disparó nuevamente contra Jesús Ignacio Martín. Los dos hermanos y la chica huyeron en el GS, pero aquella pidió que la dejasen.

El policía herido solicitó refuerzos por radio y de forma inmediata se establecieron controles policiales. Los dos delincuentes abandonaron el coche y pasaron la noche vagando campo a través, refugiados en la arboleda. Sobre las 10 de la mañana, una pareja de la Guardia Civil motorizada les descubrió cerca de Aldeamayor de San Martín. Los huidos abrieron fuego contra la pareja de agentes.

El guardia civil Avelino Martín resultó gravemente herido y fue rematado por uno de los delincuentes, al parecer Carlos. El agente Ángel Noriega Ortega recibió varios impactos de bala, pero pudo repeler la agresión y alcanzó a Carlos Garfia. El delicuente herido acudió por su pie al consultorio médico del pueblo y fue detenido poco después. Mientras tanto en Valladolid fue detenida María Begoña Álvarez”.

Minutos después del arresto del menor de los Garfia, huido Juan José, todos los alumnos del colegio salíamos en dirección a nuestros respectivos hogares. Antes de eso, mientras estábamos esperando a que nos dejaran marchar, me recuerda Javi, un helicóptero aterrizaba en el antiguo campo de fútbol, lo que hoy es la piscina municipal.

Cuando el rebaño –por el tamaño y lo agrupados que íbamos, que no se ofenda nadie- que formábamos todos los alumnos a la salida del colegio se diseminó, y cada cual tomó la dirección a su casa, el pueblo ya estaba totalmente alborotado por los sucesos y plagado de efectivos de la Benemérita. A partir de ese momento, a nivel personal, lo que conservo en la memoria del resto del día es escaso: recuerdo que en parte por prescripción de la autoridad y en parte por miedo, que no precaución, me mantuve recluido en casa la mayor parte del día; recuerdo cómo ese helicóptero que habíamos visto aterrizar en el campo de fútbol estuvo sobrevolando el pueblo de una punta a otra por largas horas; recuerdo que ya de noche, aprovechando que la temperatura aún era benigna, se formó en mi calle la típica tertulia vecinal de todos los veranos en la que quien más y quien menos lanzaba sus hipótesis acerca de dónde podría encontrarse el homicida a esas horas.

También me viene a la memoria, esto como si hubiera sido ayer, la visita que una patrulla de la Guardia Civil, de una media docena de efectivos, hizo a la casa de mis padres, creo que en la sobremesa, para realizar un registro como habían hecho antes en otras tantas viviendas del pueblo. En nuestro caso, dado que la casa tenía un corral amplio con muchas estancias, visitaron desde las cochineras a la cuadra de las vacas, pasando por la zona donde había una cina de ‘alpacas’ que también inspeccionaron.

Y es que, como me ha contado el que desde junio de aquel año era nuevo alcalde, Luis María Gómez Sanz, convencidos los responsables del dispositivo de busca y captura del presunto homicida, un teniente coronel y varios capitanes de la Benemérita, de que Garfia había huido en dirección a lo que llamábamos ‘La Punta de los Arboles’ –donde comienza el vallado de la finca de los Gamazo, justo antes del cementerio nuevo-, se decidió realizar registros, una por una, en las casas de las calles más periféricas del pueblo por esa zona. 

A Gómez Sanz la noticia le pilló en la zona conocida como ‘El Pozuelo’, en una tierra de labranza, cuando alguno de los otros agricultores que se encontraban en el entorno se lo contaron tras haberlo escuchado por la radio. De allí se trasladó al pueblo en el coche de un vecino –Mariano, el de Vidal y ‘La Adela’, la del kiosko- que se acercó a buscarle y acto seguido contactó con los mandos de la Guardia Civil para prestar la colaboración necesaria que, entre otros aspectos, se tradujo en establecer el puesto de mando en la vieja casa consistorial y en servir de enlace con los vecinos para el registro de las viviendas. Me cuenta que además de con los beneméritos, también pasó bastante tiempo atendiendo a la prensa y, en este sentido, recuerda el rato que echó con el hoy escritor y académico Arturo Pérez Reverte, desplazado hasta Aldeamayor como corresponsal de TVE. Añade el exalcalde que fue un día en el que apenas se vio gente por las calles y por la noche, viendo en el Café Bar Alameda un Real Madrid vs Nápoles de la Copa de Europa que se jugó a puerta cerrada, la tensión en el local era palpable y los presentes estaban con los ojos al partido y con los oídos pendientes de cualquier novedad que se pudiera dar en cuanto al suceso del día.

La anécdota del partido del Madrid a puerta cerrada, como ese Éibar vs Real Sociedad que se jugó el martes de la semana en la que se declaró el estado de alarma, también se le ha quedado a Javi el del JAOS, quién pasó el día recluido en su bar, entonces regentado por Teodoro, su padre, y llamado Bar El Calé. Me dice también que se acuerda perfectamente de como en un momento de la tarde un coche de la Guardia Civil atravesó la Plaza Mayor y cómo uno de sus ocupantes arengaba a los que por allí deambulaban para que se resguardaran en las casas. 

Y mientras cada uno vivíamos aquélla especie de confinamiento de diferente manera, Juan José Garfía, se sabría después, permanecía enterrado en una fosa cavada en la arena de un pinar próximo al pueblo, donde estuvo ocultó todo el día. Ya al caer la noche volvió a iniciar la caminata, en esta ocasión en dirección de regreso a Valladolid. Horas después, en el mediodía del 17 de septiembre, lo encontraron junto al Pisuerga, cubierto de ramas en otra fosa a pocos metros de su casa.

Tras su detención y encarcelamiento, Garfia protagonizó varias fugas en incluso su vida en la cárcel se llevó a la gran pantalla a través de la película Horas de luz, de 2004. A partir de 2010 disfrutó de una libertad condicional que posteriormente se convertiría en absoluta. Actualmente reside en el barrio de Carabanchel, en Madrid.

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