Fernando García de la Cuesta: El pino que quería ver el mar
Fernando García de la Cuesta nació en Cayés (Asturias) el 25 de Mayo de 1944 en el aeropuerto militar de aviación. Pero muchos años después, Fernando es tan boecillano como cualquiera de los que nacieron en la localidad.
Recuerdos y familia.
Hijo de Aurelio y María Luisa, cuando sólo tenía seis meses vino a Valladolid por traslado de su padre (Licenciado en Derecho, Alférez Provisional condecorado con la Laureada de San Fernando y Caballero Militar de la Orden de San Hermenegildo) destinado al Estado Mayor como Secretario Archivero de la VI Región Aérea con el grado de Comandante.
Boecillo empezó a formar parte de su vida a finales de los años sesenta cuando conoció a María Victoria Martínez, con la que contraería matrimonio en 1970, y alternaban su residencia habitual en Valladolid con la estancia, durante el periodo estival, en una antigua casa propiedad de la familia de Mariví, como él llama a su esposa, en pleno corazón de la localidad.

Foto: Fernando en el patio de su domicilio de Boecillo.
El caserón de Boecillo, propiedad de dos tías de su mujer, se convirtió años más tarde, concretamente en 1996, en la residencia permanente de Fernando. “El primer antepasado de mi mujer que habitó esta casa –explica - fue Timoteo Martínez Sanz, oriundo de Aldeamayor, que en 1809 se trasladó a Boecillo junto a su familia como lo atestigua la inscripción cincelada en el brocal de un pozo sito en el patio de la vivienda. Recién casados, su esposa y él quisieron construirse una casa nueva en el pueblo pero sus tías insistieron en que se quedaran con ellas en la vieja y amplia casa familiar.
El edificio, aunque restaurado y con las comodidades propias de nuestro tiempo, conserva la estructura y muchos de los materiales originales. Pero más que sorprender esa estructura, familiar para los que hemos vivido en los pueblos de nuestra recia Castilla, sorprende su decoración. La casa es un museo. Años de historia y montones de recuerdos se agolpan en cada una de las estancias que vamos recorriendo. Aparte del indudable valor tangible de todo lo que vemos, se puede percibir un valor sentimental en cada uno de los rincones; en cada una de las piezas que surgen ante nuestras miradas. Objetos que pertenecieron a antepasados y recuerdos de familia. Fernando nos relata andanzas, anécdotas y episodios de su vida. Hace un parón y nos muestra un poema enmarcado y colgado en la pared. Es un poema del hijo que se fue.
Foto: fachada principal de la vivienda familiar de Boecillo.
Fernando García de la Cuesta y Martínez, hijo de Fernando y María Victoria, murió el 2 de noviembre de 1993. Sólo tenía 19 años. En su memoria, Fernando padre escribió el cuento El pino que quería ver el mar y en su recuerdo, desde hace 18 años, un concurso de poesía lleva su nombre en Boecillo. Actualmente el Concurso de Poesía Fernando García de la Cuesta y Martínez es el certamen literario con mayor antigüedad del municipio.
Persona muy apreciada en Boecillo, Fernando padre era para mí un auténtico desconocido y a raíz de saber del concurso de poesía y de indagar más en su vida, decidí que tenía que ser uno de los personajes de nuestra comarca. Es una calurosa mañana de junio y tras recorrer su casa, nos sentamos para hablar de lo que ya he reflejado líneas arriba y de lo que a continuación relato.
Fernando se acaba de jubilar. Vive sólo. Como él mismo dice, “fue falleciendo todo el mundo a mi alrededor.” Meses después de la muerte de su hijo, su mujer sufrió un paro cardiaco y entró en un estado de coma del que nunca despertó. Fue un 9 de enero de 1994. “La muerte de un hijo es sin duda la mayor tragedia para un padre -dice Fernando serenamente pero sin poder contener cierta emoción reflejada en sus ojos y en su voz- y Mariví no la superó. La decisión de trasladarme definitivamente a Boecillo –continúa- fue porque ella estaría más cómoda aquí que en el piso de Valladolid; su calidad de vida sería mayor”.
El 30 de marzo de 2004, fallece una de las tías de Mariví que vivían con el matrimonio en la casa de Boecillo. Doce horas después, cuando Fernando iba camino del tanatorio para dar “el último adiós a la Tía Elena”, le llaman de casa; su esposa ha muerto. Fernando recuerda cómo desde aquel 9 de enero de 1994, compatibilizó su trabajo como aparejador autónomo con el cuidado de su mujer. Relata incluso como reforma la casa de Boecillo y acondiciona la parte superior para que Juan, el otro hijo del matrimonio, pueda hacer una vida lo más independiente posible de la realidad familiar y de la enfermedad de su madre. “Para un niño de 16 años es muy difícil vivir ese trauma y esa carga la debía llevar yo. Mis padres me ayudaron muchísimo y sabiendo de mi situación familiar procuraban no cargarme con más de lo que ya soportaba e intentar valerse por sí mismos aunque eran muy mayores.”
Un servidor tiene la impresión después de lo visto y escuchado que la familia es para Fernando uno de sus valores fundamentales. Detalles como que desde hace dieciocho años el concurso de poesía de Boecillo lleve el nombre de su hijo y que desde hace nueve otro de cuentos lleve el de su esposa, da muestras de ello, pero además él mismo lo confirma.
No es fácil hacer una entrevista en la que se habla de la vida de una persona y las tragedias han marcado parte de esa vida. Por un momento me planteo si la estoy llevando por cauces adecuados o más bien estoy pisando charco tras charco y removiendo recuerdos que aún estando perennes en la memoria de Fernando, no tiene obligación de compartir ni conmigo ni con los que lean este artículo. Empero, estos hechos vividos sean, quizás, una de las causas por las que él ha dado ciertos pasos; pasos que le han convertido en persona muy querida y admirada en su pueblo. Espero no equivocarme. Pero cambiemos de tercio y hablemos de asuntos más mundanos.
Hobbies, aficiones y experiencia profesional.
Fernando es un gran aficionado al deporte. Actualmente practica senderismo, pero en su juventud y como nadador, fue campeón de la Federación Astur-Leonesa en la categoría libre, en las distancias de 400, 800 y 1500 metros desde 1958 hasta 1964, así como otras pruebas importantes de la región y nacionales. A los 14 años le ficharon unos ojeadores (los hermanos Arana) y “tras perfeccionar la técnica, me asignaron al estilo libre que era el que más acorde iba con mis características”. Él mismo explica que “no tenía el físico de los grandes nadadores y aunque en los cien metros no tenía malas marcas, donde sobresalía era en las distancias largas en las que no importa tanto el tener brazos y piernas largas, sino pulmones y resistencia”.
Cuando finaliza sus estudios de aparejador en Burgos, empieza a practicar atletismo y comprueba que “tenía fuelle para correr”. Disputa varios maratones completando siempre los 42.195 metros de la prueba aunque no destaca. Como anécdota nos cuenta que el primer año que corrió maratón en Valladolid, los participantes de la prueba iban de “figuritas y plato estrella de la organización”, pero los años siguientes “formábamos parte de un espectáculo mucho mayor y lo mismo teníamos que esquivar a un funambulista que apartar a un niño que estaba en una atracción. A raíz de aquella experiencia, escribí un artículo al periódico criticando a la organización." Abandonó el atletismo cuando tras tropezar con un tocón medio escondido entre la maleza cayó al suelo y se destrozó el menisco. También practicó la escalada.
Como amante de la música aprendió a tocar la guitarra de oído e incluso de la mano de un mánager argentino de nombre Raúl Matas, hizo sus pinitos como cantante actuando de cara al público.
En el ámbito profesional, obtiene el título de aparejador y desde el principio tiene claro que quiere ser un profesional liberal sin ataduras ni compromisos. La libertad es uno de los atributos del ser humano que más valora. Quizás la casualidad o quién sabe si el destino, hace que una excursión que junto a su esposa realiza a Palencia le muestre el camino de lo que durante varios años será su ocupación profesional: la restauración de parte del patrimonio inmobiliario de la provincia de Valladolid.
Es 1980, y en una excursión a Palencia ve un monasterio y entra dentro. Habla con la abadesa y se da cuenta del valor de lo que allí hay, del ruinoso estado de la abadía y de “lo desamparadas que están las monjas.” Desde aquel momento y durante varios años se desplaza a Palencia cada 15 días o cada mes para ayudar a recuperar el monasterio. Con la colaboración de algún albañil de la zona, va guiando pequeñas obras de restauración y mantenimiento, pero poco a poco la restauración del Monasterio de San Andrés de Arroyo se convierte en un asunto mayor y se llevan a cabo obras que requerirán de un proyecto integral de restauración y no sólo actuaciones aisladas.
Foto: Monasterio de San Andrés de Arroyo (Palencia) tras su restauración.
Con la mediación de José María Aznar y tras varios viajes a Madrid acompañado en alguno de ellos por la abadesa del monasterio, consigue la aprobación de un plan para la recuperación integral del edificio que se lleva a cabo en 2008.
En 1981 a través de un convenio entre la Diputación Provincial de Valladolid y Bellas Artes, se aprueba un ambicioso proyecto que abarca la restauración de dieciocho monumentos de la provincia de Valladolid. La posición liberal, independiente y sin ataduras con ninguna empresa, convierten a Fernando García de la Cuesta en el candidato elegido para que como aparejador forme parte del equipo que supervisa la realización de las obras. Durante varios años, Fernando participa en la restauración de edificios tan emblemáticos como el Monasterio del Prado, actual sede de la Consejería de Cultura; el Palacio Pimentel, sede de la Diputación Provincial o las Casas del Tratado de Tordesillas. Aquella experiencia le hizo trabajar en lo que a él le gustaba. Como anécdota relata que cuando empezaron las obras de restauración del Monasterio del Prado, se encontraron con que parte de las antiguas vigas que soportaban el techo de alguna de las dependencias habían sido cortadas para servir de combustible de las calderas.
Pero sin duda, y aunque la rehabilitación de San Andrés de Arroyo no le reportó ningún ingreso, es el trabajo de restauración del que se siente más orgulloso.
En 1990 creó su propia empresa dedicada a la arquitectura y a las tasaciones, con cuatro trabajadores en plantilla, llamada Tasaciones Inmobiliarias Tenerías. Hace unos días puso punto final a su vida laboral y pasó a la categoría de jubilado.
Su legado en Boecillo.
Desde 1969, fecha en la que Boecillo comienza a formar parte de su día a día, y con el viejo refrán de que “no es uno de donde nace sino de donde pace” como lema, Fernando quiso integrarse en la vida de la localidad y no ser un veraneante más. Uno de los primeros pasos que da en ese sentido es el de entrar en la Cofradía de la Virgen de la Salve. A partir de ahí su vinculación con Boecillo y con la vida social y cultural del municipio ha sido continua.

Además de patrocinar dos concursos literarios, intenta aportar todo aquello que puede y se le ocurre y recuerda con especial cariño una exposición de fotos que en 2010 organizó y en la que cámara en mano durante seis meses retrató a 480 vecinos del pueblo. Las fotos, todas en blanco y negro, fueron expuestas en la Sala de Exposiciones bajo el título Boecillo con sus rostros de siempre. Sus ojos no pueden ocultar una chispa de vanidad cuando cuenta como pasaron más de 700 personas a ver la exposición y como el último día de la misma, las personas retratadas podían recoger su fotografía como obsequio.
Tras una hora de entrevista y varias conversaciones telefónicas, uno se va dando cuenta que Fernando es de esas personas que se vanagloria de las pequeñas cosas; de esas cosas que para el resto de los mortales pasarían inadvertidas pero sin embargo no concede la más mínima importancia a lo que otros podemos considerar sobresaliente. Lo que en otros podría considerarse falsa modestia en él es naturalidad.
Hablamos de una restauración que hace diez años se llevó a cabo en la iglesia parroquial del municipio y en la que la aportación de la familia de Fernando fue decisiva para acometerla. Él zanja el tema señalando que “mi suegro tenía una gravera en Boecillo cuya explotación le fue bien a lo largo de su vida, y quiso corresponder a su pueblo por lo que Boecillo le había dado.” Actualmente se está haciendo otra campaña para el acondicionamiento de las piedras exteriores de la iglesia y la restauración de un retablo interior y de la puerta de entrada. Se está haciendo una colecta buzoneando 500 sobres para recaudar unos 12.000 euros. Él va a visitar personalmente a un número concreto de vecinos para que se impliquen de una manera especial. Entiende que hay casos en los que el buzoneo puede resultar demasiado frío y “merece la pena esforzarse un poquito más siempre que el fin así lo justifique.”
En breves fechas va a patrocinar un concurso de espantapájaros para niños que propuso a la concejala de cultura hace tiempo y que finalmente este año se va a realizar.
En el año 2010 el ayuntamiento de Boecillo le concedió el Premio Bueyecillo en su primera edición como impulsor de la cultura y los valores sociales del municipio. Actualmente él forma parte de la comisión encargada de nominar a los sucesivos premiados. Ya sabe a quién se lo van a conceder este año, pero no suelta prenda.
Además de la labor de mecenazgo que realiza en su pueblo, hay otra parcela de su vida que la dedica a los más necesitados y en ámbitos no tan mediáticos pero seguramente mucho más enriquecedores para una persona como él.
Participación en causas sociales, papel en el sistema educativo y valores personales.
Tras la experiencia vivida con su mujer, se dio cuenta que podía realizar una labor similar de atención y cuidado a personas menos favorecidas. Fernando acude todos los fines de semana a comedores sociales de las Hermanitas de los Pobres en Valladolid. Allí coincide con D. José Delicado Baeza, arzobispo emérito de Valladolid, y le informa de todo lo que pasa en Boecillo y sobre todo de los asuntos que tienen que ver con la parroquia.
Foto: Fernando tras recibir el Premio Bueyecillo en 2010.
A mediados de los años setenta, Fernando y su esposa, junto con otras cinco familias con hijos en edad escolar, se dieron cuenta como él mismo señala, de que “en Valladolid no había colegios en los que la educación fuese integral en todos los sentidos”. Cuando le pregunto qué quiere decir con educación integral me aclara que no está hablando de otra cosa sino de “una educación en la que el seguimiento a los alumnos sea continuo; una educación en la que cada quince días los profesores se reúnan con los padres y les informen de la evolución de sus hijos.” Esas reuniones se convirtieron en el origen de dos de los colegios más importantes de Valladolid: Pinoalbar y Peñalba.
Fernando es rotundo al afirmar que “la educación se construye en el seno de las familias. En los colegios te enseñan conocimientos y si no hay una comunicación entre profesores y padres, vamos malamente”. Pinoalbar y Peñalba se inauguran en 1978. Con unas elecciones generales a la vista, y con la incertidumbre de la ideología del futuro gobierno, el grupo de promotores decidieron atarse los machos, e “ir por libre para poder sacarlo adelante independientemente del color político. Fueron procesos muy difíciles porque hubo que hacer muchas reuniones, visitas a Madrid y además los colegios estaban en el medio del campo. Hubo que sufrir muchísimo y pedir mucho dinero a los bancos.”
La participación de Fernando en la promoción de dos colegios como respuesta la demanda de un modelo de educación inexistente en aquel momento, da pie a preguntarle qué opinión le merece el actual sistema educativo y los valores que se inculcan. En cuanto al sistema y a los conocimientos nos remite al “lenguaje que se usa en los famosos whatsapp lleno de abreviaturas y de faltas de ortografía que hacen que cuando se tiene que escribir un texto normal se cometan los mismos errores.” Hace hincapié en que tener respeto al profesor no significa tenerlo miedo ni volver a épocas pasadas donde la máxima de que “la letra con sangre entra” estaba al orden del día y las reglas funcionaban tanto o más que los lapiceros y no precisamente para medir.
En cuanto a los valores, “la falta de civismo se extiende en la sociedad tanto en jóvenes como en mayores”. Prácticas como la del botellón o la falta de escrúpulos a la hora de tirar un papel al suelo en vez de a la papelera que está enfrente, son dos ejemplos que Fernando pone para sustentar sus afirmaciones. “Es lo que nos toca vivir pero hay que trasmitir nuestros valores que al final queda poso. En Pinoalbar y Peñalba se enseñan valores, valores cristianos, pero no de los antiguos de poner la mano sino de hablar.”

Foto: Acto académico en el Colegio Peñalba.
Aunque recién jubilado, tiene claro que no se piensa parar. Seguirá echando una mano a su hijo en la empresa de tasación si él se lo pide y como proyecto colectivo, este verano quiere hacer un equipo de natación en Boecillo contando con niños de 10 a 14 años. “En los pueblos no se hacen equipos de natación, sino de fútbol o baloncesto”. También quiere realizar una exposición de fotografías antiguas que sean aportadas por los vecinos de la localidad y en la que se puedan mostrar a familias, paisajes o episodios cotidianos de la vida de los boecillanos que hollaron este pueblo tiempo atrás. Sin duda, y como el escorpión de la fábula, Fernando lleva en la sangre una hiperactividad que le empuja a empezar un proyecto tras otro.
La entrevista está a punto de concluir y quedan horas de trabajo para sintetizar en unos folios más de dos horas de conversación y casi setenta años de vivencias. Sin embargo, la referencia a los valores cristianos que se trasmiten en los colegios Pinoalbar y Peñalba, y todo lo vivido en su vida, tragedias familiares incluidas, me inclinan a preguntar a nuestro entrevistado por sus creencias religiosas y también por su fe. Fernando se define como persona con “profundas creencias religiosas pero no de la fe del carbonero. Tengo mis creencias pero creo que el paraíso tiene que ser algo igual a lo que tenemos aquí. Tiene que haber pájaros, flores, etc. si bien, aquellos que más creyeron estarán en una línea más cercana de la luz de Dios y otros quizás más alejados, pero no creo que nadie esté condenado al infierno. Un padre bueno que ha creado toda la Naturaleza y todo el Universo no puede condenar a un hijo suyo a las brasas del infierno. No creo que exista el infierno”. Remarca su reflexión citando los Evangelios cuando dicen que “¿cómo puede un padre dar escorpiones a sus hijos?”. Por curiosidad busco la cita íntegra en la Biblia:
“¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; 12 o, si pide un huevo, le da un escorpión? 13 Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!”
Lucas 11, 11-13
Después de todo lo contado, de la forma de contarlo y con la Biblia nuevamente como inspiración, encuentro cierto paralelismo entre Fernando y la figura de Job, aquel de fe inquebrantable a pesar de las duras pruebas a las que Dios lo sometió pero al que luego recompensó con creces. Aún cuando las recompensas celestes deban esperar, Fernando cuenta ya con un tesoro como es el cariño y la gratitud de su gente; del pueblo de Boecillo.
Juan J. Villalba Pinilla.



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